La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Y con esas palabras me metí por la escotilla haciendo todo el ruido que pude, me quité los zapatos, recorrí sin hacer ruido la galería de barandilla, subí por la escala del castillo de proa y asomé la cabeza a ras de cubierta. Sabía que Hands no esperaba verme allí, pero aun así tomé todas las precauciones posibles y, desde luego, se confirmaron mis peores sospechas.

Se había incorporado y puesto a gatas y, aunque evidentemente la pierna le dolía mucho cuando se movía, pues podía oír sus quejidos, conseguía arrastrarse a buen ritmo por la cubierta. En medio minuto llegó a los imbornales de babor y sacó de un rollo de cuerda un cuchillo largo o, más bien, un puñal corto, manchado de sangre hasta el mango. Lo contempló un momento, echando hacia delante la mandíbula, y probó la punta sobre su mano; luego lo escondió en el interior de su casaca y regresó arrastrándose hasta el lugar donde se encontraba antes, apoyado contra la borda.