La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Aquello era todo lo que yo quería saber. Israel era capaz de desplazarse y estaba armado; y, si se había tomado tantas molestias para librarse de mí, era evidente que tenía intención de acabar conmigo. Lo que yo ya no sabía era si luego pensaba cruzar a rastras la isla desde la bahía del Norte hasta el campamento de la ciénaga o disparar el cañón que llamábamos Tom el Largo con la esperanza de que sus camaradas acudieran en su ayuda.
Y, sin embargo, estaba seguro de que podía fiarme de él en un aspecto, puesto que nuestros intereses coincidían: el manejo de la goleta. Ambos queríamos vararla sin peligro en un lugar resguardado para que, cuando llegase el momento oportuno, pudiera volver a navegar con el menor esfuerzo y riesgo posibles; y hasta que lo consiguiéramos pensé que mi vida no corría peligro.
Mientras le daba vueltas a estas cosas en la cabeza, tampoco dejé de darle quehacer al cuerpo. Regresé rápidamente a la cámara de oficiales, me volví a poner los zapatos, cogí al azar una botella de vino y con ella como excusa volví a subir a cubierta.