La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Hands estaba tumbado donde yo lo había dejado, hecho un ovillo, con los ojos cerrados, como si se encontrase tan débil que le molestara la luz. Sin embargo, al oírme llegar alzó la vista, rompió de un golpe el cuello de la botella con la habilidad de quien lo ha hecho repetidas veces y echó un buen trago al tiempo que brindaba con su lema favorito de «la suerte me sonríe». Luego se quedó un rato tranquilo y al cabo sacó una hebra de tabaco y me pidió que le cortara un trocito.
—Córtame un cacho de esto —me dijo—, que no tengo ni navaja y, aunque la tuviera, apenas me alcanzan las fuerzas. ¡Ay, Jim, Jim, me parece que estoy perdiendo amarras! Córtame un trocito, que posiblemente sea el último que masque, muchacho. O mucho me equivoco o me voy para el otro barrio.
—Está bien —le dije yo—, os cortaré un poco de tabaco. Pero yo en vuestro lugar, si me viera tan mal, me pondría a rezar como buen cristiano.
—¿Por qué? Explícame por qué —dijo Hands.
—¿Por qué? —exclamé—. Hace un momento me hablabais de la muerte. Habéis roto la alianza con el Señor; habéis vivido en pecado, falsedad y crímenes; ahí mismo, a vuestros pies, está un hombre al que acabáis de matar. ¡Y me preguntáis por qué! ¡Válgame el cielo, señor Hands!