La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Me acaloré un poco al hablar, pensando en el ensangrentado puñal que tenÃa escondido en su bolsillo y con el que tenÃa el malvado propósito de acabar conmigo. En cuanto a él, echó un buen trago de vino y habló con la más insólita solemnidad.
—Durante treinta años he surcado los mares y he visto cosas buenas y malas, mejores y peores, bonanzas y tormentas, escasez de alimentos, cuchillos desenvainados y tantas cosas más. Pero te voy a decir una cosa: nunca he visto que de la bondad saliera nada bueno. El que da primero da dos veces es mi frase favorita; los muertos no muerden es mi lema, amén, que asà sea. Y ahora fÃjate bien —añadió, cambiando de repente el tono de su voz—, ya está bien de divagaciones. La marea ha subido bastante. Cumple mis órdenes, capitán Hawkins, y navegaremos a toda vela; y acabemos de una vez.
A fin de cuentas, apenas nos quedaban dos millas por recorrer; pero la navegación era delicada, pues la entrada de este fondeadero septentrional no solo era estrecha y con bajÃos, sino que estaba orientada de Este a Oeste, con lo que habÃa que gobernar la goleta con mucho tino para poder entrar. Creo que fui un subalterno eficaz y rápido, y estoy completamente convencido de que Hands fue un excelente piloto; porque hicimos viraje tras viraje y nos adentramos, salvando los bajÃos, con una precisión y una limpieza que daba gusto ver.