La Isla del tesoro
La Isla del tesoro En cuanto pasamos la punta, nos encontramos rodeados de tierra. Las costas de la bahÃa del Norte estaban tan pobladas de bosque como las del fondeadero meridional, pero el espacio era más alargado y más estrecho y, en realidad, más parecido al estuario de un rÃo. Justo delante de nosotros, en el extremo meridional, vimos los restos de un barco naufragado en avanzado estado de descomposición. Era una gran nave de tres mástiles, pero habÃa estado tanto tiempo expuesta a las inclemencias del tiempo, que estaba casi totalmente tapizada de algas chorreantes y en la cubierta habÃan echado raÃces matorrales de la costa que estaban ahora florecidos. Era un triste espectáculo, pero nos demostraba que el fondeadero era un lugar tranquilo.
—Ahora, fÃjate bien —dijo Hands—. Este es un sitio inmejorable para varar un barco. Arena fina y lisa, ni pizca de ventolina, árboles todo alrededor y flores como las de un jardÃn en aquel viejo barco.
—Y una vez varada la goleta, ¿cómo volveremos a sacarla a la mar? —pregunté.