La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Pues con marea baja —me explicó Hands— te llevas un cabo a tierra y lo pasas por detrás del tronco de uno de esos pinos grandes, y lo vuelves a traer al barco, y lo pasas alrededor del cabrestante, y esperas a que suba la marea. En cuanto esté alta, todos los marineros tiran del cabo y el barco sale más suave que la seda. Y ahora, atento, muchacho. Nos estamos acercando y vamos demasiado deprisa. Ligeramente a estribor…, asÃ…, sigue…, a estribor…, un poco a babor…, sigue…, sigue.
Asà iba dando órdenes, que yo obedecÃa sin rechistar, hasta que, de repente, gritó:
—¡Ahora, por todos los diablos, orza!
Tiré con firmeza del gobernalle y la Hispaniola viró rápidamente y enfiló hacia la frondosa costa.