La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Jim, me parece que tú y yo vamos por mal camino y tendremos que firmar una tregua. De no ser por aquel bandazo te habrÃa hecho picadillo, pero el caso es que no tengo suerte; y tendré que aguantarme, y eso es tan duro para un marinero hecho y derecho como el estar debajo de un jovenzuelo como tú, Jim.

Yo me deleitaba con sus palabras y no dejaba de sonreÃr, más orgulloso que un gallo en el palo de un gallinero, cuando de repente vi que echaba la mano derecha atrás, por encima del hombro. Algo silbó como una flecha por el aire, sentà un golpe y luego un fuerte pinchazo, y me di cuenta de que me habÃa quedado clavado al mástil por el hombro. Entre aquel terrible dolor y la sorpresa del momento —no me atrevo a decir que fue por voluntad propia, y estoy seguro de que lo hice sin proponérmelo—, se me dispararon las dos pistolas y ambas se me escaparon de las manos. No solo ellas cayeron: con un grito sordo, el timonel se soltó de los obenques y se sumergió de cabeza en el mar.