La Isla del tesoro

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CAPÍTULO XXVII

Debido a la inclinación de la nave, los mástiles quedaban proyectados considerablemente sobre la superficie del agua y, desde la altura en que me encontraba en la cruceta, no tenía por debajo de mí más que las aguas de la bahía. Hands, que no había llegado tan arriba, se había quedado, por consiguiente, más cerca del barco y cayó entre la vertical de mi posición y la borda. Subió una vez a la superficie en un remolino de espuma y sangre y luego se hundió definitivamente. Cuando desaparecieron las ondas, lo pude ver hecho un ovillo sobre la arena clara y limpia, a la sombra del costado del barco. Unos cuantos peces pasaron rozando su cuerpo. A veces, cuando el agua se movía, daba la sensación de que él también lo hacía, como si fuera a levantarse. Pero estaba muerto y bien muerto a consecuencia de mis disparos y ahogado en el fondo del mar, y los peces se lo comerían en el mismísimo lugar en el que había pensado matarme.




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