La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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En cuanto me di cuenta de lo sucedido, me empecé a marear y pensé que me iba a desmayar de terror. Por el pecho y por la espalda me corría sangre tibia. El puñal que me había clavado el hombro al mástil quemaba como si fuese un hierro candente. Pero no eran estos dolores físicos los que más me angustiaban (pues podía sobrellevarlos, creía yo, sin una queja), sino el horror que me causaba la posibilidad de caerme desde la cruceta a aquellas aguas verdes y tranquilas junto al cuerpo del timonel.

Me agarré con ambas manos hasta dolerme las uñas y cerré los ojos como para ahuyentar el peligro. Poco a poco fui tranquilizándome, el pulso recuperó su ritmo natural y volví a ser dueño de mí mismo.

Lo primero que se me ocurrió fue arrancar el puñal; pero estaba demasiado clavado o no tuve valor para hacerlo, y desistí con un violento estremecimiento. Curiosamente, fue aquel estremecimiento el que me solucionó el problema, pues el puñal había estado a punto de fallar su blanco y solo me atravesaba el pellejo; al estremecerme, se me desgarró la piel. Naturalmente, empecé a sangrar más profusamente, pero volví a ser dueño de mi cuerpo y solo quedaba agarrado al mástil por la casaca y la camisa.


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