La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Desgarré las prendas con un movimiento brusco y bajé a cubierta por los obenques de estribor. Con lo nervioso que estaba, por nada del mundo me habría aventurado a bajar por los obenques de babor, que sobresalían de la superficie del barco y de los que se acababa de caer Israel.
Bajé al camarote y me curé la herida como pude. Me dolía mucho y seguía sangrando en abundancia, pero no era ni profunda ni peligrosa, ni me impedía mover el brazo. Luego eché un vistazo a mi alrededor y, como el barco era en cierto sentido mío, empecé a pensar en eliminar al último pasajero, el marinero muerto O’Brien.