La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Estaba aplastado, como ya he explicado anteriormente, contra la borda, tumbado como un horrible y descoyuntado pelele, de tamaño natural, ciertamente, pero sin tener el color y la gracia que se encuentra en la naturaleza. En la posición en la que se hallaba, no me sería difícil deshacerme de él; y como las tragedias de los últimos tiempos ya habían conseguido que perdiera el temor a los muertos, lo cogí por la cintura, como si fuera un saco de harina y, de una arrancada, lo tiré por encima de la borda. Cayó al agua con gran ruido; perdió el gorro rojo, que se quedó flotando sobre la superficie del mar. En cuanto se aquietaron las aguas, pude verlo tendido junto a Israel; ambos cuerpos se movían al ritmo de las trémulas ondulaciones del fondo. O’Brien, aunque todavía era joven, estaba completamente calvo. Y allá abajo yacía, con la cabeza monda y lironda sobre las rodillas del hombre que lo había asesinado, mientras los peces nadaban a toda velocidad de un lado para otro por encima de ambos.
Ahora estaba solo en el barco; la marea acababa de cambiar. El sol estaba tan bajo que la sombra de los pinos de la costa occidental se proyectaba por encima del fondeadero, haciendo dibujos sobre la cubierta. Se había levantado una brisa vespertina y, aunque el barco quedaba resguardado al Este por el cerro de los dos picos, las amarras empezaron a canturrear y las velas, flojas, se pusieron a dar sacudidas de acá para allá.