La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Comprendí que el barco corría peligro. Arrié rápidamente los foques y los recogí como pude en cubierta; pero la vela mayor era harina de otro costal. Por supuesto, al escorarse la goleta, la verga mayor había quedado fuera de la borda, y el peñol y un par de pies de vela se habían sumergido en el agua. Pensé que esto acentuaba el peligro; pero la lona estaba sometida a tal tensión que me daba miedo actuar. Finalmente, cogí la navaja y corté las drizas. Inmediatamente cayó el puño y una gran bolsa de lona suelta quedó flotando todo lo ancha que era sobre el agua. Después, por mucho que intenté tirar, no conseguí que el briol cediera ni un dedo. Hasta ahí lo que fui capaz de hacer. En adelante, la Hispaniola tendría que confiar en su buena suerte, igual que yo.

Para entonces, todo el fondeadero estaba sumido en sombras; recuerdo que los últimos rayos de sol, que se filtraban por un claro del bosque, brillaban como joyas sobre el florecido manto del barco naufragado. Empezó a refrescar; la marca bajaba rápidamente y la goleta estaba cada vez más escorada.