La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Gateé hasta la popa y me asomé. El fondo estaba aparentemente a poca profundidad y, agarrando con ambas manos, para mayor seguridad, la amarra del ancla que había cortado anteriormente, me dejé caer suavemente por la borda. El agua apenas me llegaba a la cintura; el fondo arenoso era firme y estaba todo ondulado; vadeé hasta la orilla con mucho ánimo, dejando la Hispaniola escorada, con la vela mayor flotando sobre la superficie del agua de la bahía. Entretanto el sol casi había desaparecido y la brisa silbaba suavemente en la penumbra por entre los pinos, que se balanceaban.
Al menos, y por fin, había regresado del mar y no con las manos vacías. Allí estaba la goleta, libre al fin de bucaneros y dispuesta para que nuestra gente se subiera a ella y se hiciera a la mar. Nada me apetecía más que regresar al fortín y alardear de mis hazañas. Es posible que me riñeran un poco por haberme escapado, pero la reconquista de la Hispaniola era un argumento de peso y esperaba que hasta el capitán Smollett reconociera que no había perdido el tiempo.