La Isla del tesoro
La Isla del tesoro La noche se fue haciendo oscura como boca de lobo; a duras penas logré encaminar mis pasos hacia mi destino; el cerro de los dos picos, a mis espaldas, y el del Catalejo, a mi derecha, se iba desvaneciendo cada vez más; habÃa pocas estrellas y estas brillaban débilmente; y como andaba por el monte bajo, tropezaba continuamente con los matorrales y me caÃa en hoyos de arena.
De repente me iluminó una especie de resplandor. Alcé los ojos; un pálido haz de rayos de luna se habÃa posado sobre la cresta del cerro del Catalejo y, al poco rato, vi una mancha grande y plateada moviéndose por detrás de los troncos de los árboles y me di cuenta de que habÃa salido la luna.
Con esta ayuda, recorrà rápidamente el último tramo de mi trayecto; a ratos caminaba y a ratos corrÃa impaciente, acercándome cada vez más al fortÃn. Pero al llegar al sendero que lleva hasta él, tomé la precaución de aminorar la marcha y avancé con cuidado. TendrÃa poca gracia que al final de mi aventura disparase sobre mà por error alguno de mis compañeros.
La luna estaba cada vez más alta y su luz caÃa de trecho en trecho, iluminando la parte menos frondosa del bosque; justo delante de mà apareció por entre los árboles un resplandor de otro color. Era rojo y cálido y de vez en cuando un poco más oscuro, como las ascuas de una hoguera que se apaga.