La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Por más que me empeñara no lograba imaginar lo que podría ser aquello.
Al fin llegué a la linde del calvero. La parte occidental ya estaba bañada por la luz de la luna; el resto y la propia cabaña estaban sumidas en la oscuridad, aunque atenuada esta por largas bandas de luz plateada. Del otro lado de la casa, se veían las luminosas brasas de una inmensa hoguera, cuyo resplandor rojizo contrastaba vivamente con la suave palidez de la luna. Allí no se movía un alma ni se oía otro ruido que el rumor de la brisa.
Me detuve la mar de sorprendido y sintiendo también un poco de miedo. No teníamos nosotros costumbre de hacer grandes hogueras. Es más, siguiendo las órdenes del capitán, escatimábamos algo la leña; empecé a temer que hubiera ocurrido algún percance durante mi ausencia.
Rodeé la empalizada por el extremo oriental, ocultándome en la sombra y, al llegar a un lugar en el que la oscuridad era más intensa, salté al otro lado.