La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Para mayor seguridad, me puse a gatas y me arrastré sin hacer el menor ruido hacia la esquina de la casa. Al acercarme, de repente me sentí muy aliviado. En sí no es un ruido muy agradable y a menudo me he quejado de él en otras circunstancias; pero en aquel momento, el oír a mis amigos roncando a pierna suelta y a coro me sonó a música celestial. La voz del vigía en alta mar, aquel hermoso «¡Mar en calma, nada a la vista!», nunca me había tranquilizado tanto como aquellos ronquidos.

Lo que estaba claro era que la vigilancia era nefasta. Si en vez de ser yo hubieran sido Silver y sus muchachos los que se acercaban a ellos, habrían pasado al sueño eterno. Y todo, pensé yo, por culpa de que el capitán estuviera herido. De nuevo me arrepentí de haberlos abandonado al peligro con tan pocos hombres para montar la guardia. Para entonces había alcanzado la puerta y me puse en pie. Dentro reinaba la oscuridad, de modo que no pude distinguir nada a simple vista. En cuanto a los ruidos, se oía el incesante ronroneo de los ronquidos y, de vez en cuando, un aleteo o picoteo que no era capaz de identificar.

Avancé decidido con los brazos extendidos. Iría a acostarme en mi sitio (eso pensé sofocando la risa) y me divertiría viendo las caras que pondrían cuando me descubrieran por la mañana.


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