La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Bueno. No soy tan tonto, y sé muy bien lo que me espera. Si las cosas se ponen muy negras, poco me importa. He visto a demasiada gente morir desde que os conocÃ. Pero hay un par de cosas que he de deciros —le advertà en tono ya muy acalorado—, y la primera es la siguiente: aquà estáis con lo vuestro, pero mal apañados; ni barco ni tesoro, y muchas bajas; todo el negocio se os ha ido al tacho. ¿Y sabéis por culpa de quién? Por mi culpa. Estaba dentro del tonel de manzanas la noche que avistamos tierra y os oÃ, John, a vos y a Dick Johnson y a Hands, que está ahora en el fondo del mar, y conté inmediatamente palabra por palabra todo lo que dijisteis. En cuanto a la goleta, yo corté la amarra, y yo maté a los marineros que dejasteis a bordo, y yo la llevé a un lugar donde no la volveréis a ver más ninguno de vosotros. RÃe mejor el que rÃe el último. He manejado las riendas de este asunto desde el primer momento. No me dais más miedo que un mosquito. Podéis matarme, si queréis, o dejarme vivo. Pero os voy a decir una cosa y nada más. Si me perdonáis la vida, pelillos a la mar y, cuando os juzguen por piraterÃa, haré todo lo que pueda por vosotros. Asà que vosotros veréis lo que hacéis. O matáis a uno más sin beneficio alguno, o me perdonáis la vida y contáis con un testigo para libraros de la horca.