La Isla del tesoro
La Isla del tesoro A eso del mediodĂa me lleguĂ© a la puerta del capitán con unas bebidas frescas y su medicina. Estaba tumbado prácticamente como lo habĂamos dejado, aunque un poco más incorporado, y parecĂa a la vez dĂ©bil y excitado.
—Jim, eres la única persona que vale la pena aquà —me dijo—, y sabes que siempre me he portado bien contigo. Ni un solo mes he dejado de darte tu moneda de plata. Y ahora ya ves, compadre, aquà estoy, hecho una piltrafa y abandonado por todos; Jim, muchacho, ¿a que me vas a traer un vasito de ron?
—El doctor… —empecé a decir.
Pero me interrumpió maldiciendo al médico con voz débil, aunque con toda su alma, y dijo:
—Los mĂ©dicos son todos unos papanatas; y este de aquĂ, digo yo, ÂżquĂ© sabrá Ă©l de marineros? Yo he estado en lugares donde hacĂa tanto calor como en el infierno, y donde mis compañeros caĂan como chinches por culpa de la fiebre amarilla[10], y donde los terremotos sacudĂan la maldita tierra como si fuera el mar… ÂżQuĂ© sabrá el doctor ese de mundos como aquellos? Yo me mantenĂa a base de ron, te lo aseguro; el ron y yo Ă©ramos como uña y carne, como marido y mujer; y si ahora no puedo tener mi racioncita de ron, soy como un viejo cascarĂłn varado. Jim, mi sangre recaerá sobre ti, y sobre ese matasanos…
