La Isla del tesoro

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Siguió un buen rato blasfemando. Luego continuó en tono suplicante:

—Mira, Jim, cómo me tiembla la mano. No puedo tenerla quieta, no puedo. En todo el maldito día no he bebido ni una gota. Ese médico es un necio, te lo digo yo. Si no bebo un trago de ron, Jim, me pondré a delirar; acabo de tener alucinaciones: he visto al viejo Flint en ese rincón, detrás de ti. Tan claro como el agua que lo he visto. Y, ¡ay!, si me pongo a delirar, puedo ser más malo que Caín, que soy hombre que ha vivido muy malos tragos. Hasta el médico dijo que un vaso no me haría daño. Te daré una guinea a cambio de un trago, Jim.

Se iba poniendo cada vez más alterado y me preocupaba que lo oyera mi padre, que aquel día estaba muy alicaído y necesitaba descansar; además, me tranquilizaban las palabras del médico, que el capitán me acababa de recordar, y me ofendió que quisiera sobornarme. Así que le dije:

—No quiero dinero alguno si no es el que le debéis a mi padre. Os traeré un vaso y nada más.

Cuando se lo llevé, lo agarró con ansia y se lo bebió de un trago.

—Bueno, bueno, esto ya está mejor, desde luego —murmuró el capitán—. Y ahora, muchacho, cuéntame: ¿dijo el doctor cuánto tiempo tendría que quedarme en este viejo camarote?


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