La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Al menos una semana —le contesté.
—¡Rayos y truenos! —exclamó—. ¡Una semana! ¡Ni hablar! De aquà a entonces ya me habrÃan dado la marca negra. Esos canallas quieren descubrirme, maldita sea; esos canallas que no son capaces de conservar lo que tienen y quieren echarle el guante a lo de los demás. Y digo yo: ¿es asà como se comporta un marinero decente? Yo siempre he sido ahorrador. Nunca malgasté mis perras ni las perdÃ; y volveré a darles esquinazo. No les tengo miedo, compadre; largaré las velas antes que ellos, y volveré a engañarlos.
Según decÃa todo aquello, se levantó de la cama con gran dificultad, agarrándose a mi hombro con tanta fuerza que apenas pude reprimir un grito, y moviendo las piernas como si fueran de plomo. Sus palabras, muy enérgicas en su contenido, contrastaban tristemente con la debilidad con que eran pronunciadas. Cuando consiguió sentarse al borde de la cama, hizo una pausa y luego murmuró:
—Ese médico me ha matado. Me zumban los oÃdos. Ayúdame a recostarme.
Antes de que pudiera echarle una mano, habÃa vuelto a caer tumbado en la posición anterior y asà se quedó durante un rato en silencio.
Al cabo, dijo:
—Jim, ¿te acuerdas de ese marinero que viste hoy?