La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Vamos, hombre, déjate ya de tomarle el pelo a esta tripulación —dijo George—. Te creerás muy gracioso, pero aquà ya no pintas nada, asà que más te vale que te bajes del barril y votes con nosotros.
—Creà que habÃas dicho que conocÃas las reglas —replicó Silver con desprecio—. Pero aunque tú no las conozcas, yo sà que me las sé, y aquà me quedo… y, perdona, pero sigo siendo el capitán… hasta que no me expongáis vuestras quejas y yo conteste; hasta entonces, esta marca negra no vale un comino. Después, ya veremos.
—Por eso no te preocupes —repuso George—, que estamos todos de acuerdo. En primer lugar, has echado a perder esta expedición, y tendrÃas mucha cara dura si dijeras que no. En segundo lugar, dejaste que el enemigo saliera de esta trampa a cambio de nada. ¿Por qué querÃan salir? No lo sé, pero está claro que querÃan largarse. En tercer lugar, no nos dejaste que los persiguiéramos según se marchaban. Ya te hemos calado, John Silver: quieres jugar con dos barajas y eso es lo malo que tienes. Y, en cuarto lugar, está lo del muchacho:
—¿Es eso todo? —preguntó Silver sin alterarse.
—¿Te parece poco? —replicó George—. Acabaremos todos ahorcados y secándonos al sol por culpa de tu torpeza.
