La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Está bien. Escuchadme, voy a contestar a los cuatro puntos esos; uno tras otro, contestaré a todos. Que he echado a perder esta expedición, ¿verdad? Pues bien, todos sabéis lo que me proponÃa; y todos sabéis que, de haberlo hecho, ahora estarÃamos con toda seguridad a bordo de la Hispaniola, todos vivitos y coleando, con la panza llena de bizcocho de ciruelas y con el botÃn en la bodega, ¡rayos y truenos! Pero ¿quién se puso en mi camino? ¿Quién me obligó a actuar antes de la cuenta, siendo yo el legÃtimo capitán? ¿Quién me dio la marca negra el dÃa que desembarcamos y empezó este baile? Y menudo baile, en eso estoy de acuerdo con vosotros. Me parece que acabaremos todos bailando al son de la gaita, colgados de una soga en el muelle de las Ejecuciones en Londres. Y ¿por culpa de quién? Pues por culpa de Anderson, y de Hands, y tuya, George Merry. Tú eres el único que queda vivo de esa pandilla de intrigantes; y tienes la insolencia del mismÃsimo diablo y pretendes erigirte en capitán en mi lugar… Tú que has sido la causa de la perdición de todos nosotros. ¡Por todos los demonios! Esto es el colmo de los colmos.
Silver se interrumpió y comprendà por la expresión de los rostros de George y de sus antiguos camaradas que aquellas palabras no habÃan caÃdo en saco roto.