La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —SÃ, claro, los otros puntos —replicó John—. Os parece bonito, ¿verdad? Asà que decÃs que la travesÃa se ha ido al traste. ¡Voto al diablo! Si supierais hasta qué punto se ha ido al traste, entonces ya verÃais. Estamos tan cerca de la horca que se me pone el cuello tieso de pensarlo. A alguno ya habréis visto, colgado en una jaula de hierro, con los cuervos revoloteando a su alrededor, y los marineros señalándolo con el dedo cuando bajan aprovechando la marea[36]. «¿Y ese quién es?», pregunta uno. «¿Ese? Ese es John Silver. Lo conocÃa bien», contesta el otro. Y se oye el tintineo de las cadenas al pasar y hasta llegar a la siguiente boya. Pues sÃ, a esto hemos llegado nosotros, cada hijo de su madre, gracias a este y a Hands y a Anderson, y a la pandilla de necios que sois todos vosotros. Y si queréis saber lo que pienso del punto cuarto y de este chico, ¡mal rayo me parta!, os lo voy a decir: ¿acaso no nos sirve de rehén? ¿Y os parece que estamos en condiciones de prescindir de un rehén? Pues a mà no. El bien puede ser nuestra última oportunidad, y no me extrañarÃa que lo fuera. ¿Matar al chico? Ni pensarlo, compañeros. En cuanto al punto tres, pues sÃ, habrÃa mucho que decir del punto tres. Tal vez no le deis ningún valor al hecho de que un verdadero médico de carrera os venga a visitar a diario…, tú, John, con la cabeza rota, o tú, George Merry, que hace menos de seis horas estabas con una tiritona de miedo y que ahora mismo tienes los ojos del color de la cáscara del limón. Y tal vez tampoco sepáis que va a venir un barco de rescate, ¿verdad? Pues va a venir y sin mucha tardanza. Y ya veremos entonces quién se alegra de tener un rehén a mano. En cuanto al segundo punto y por qué hice un trato, pues porque me lo pedisteis de rodillas…, vinisteis de rodillas a pedÃrmelo porque estabais asà de desesperados…; además, os habrÃais muerto de hambre si no lo hubiese hecho, pero eso qué más da, ¿no? Ahà tenéis por qué lo hice.