La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Te lo advierto, George, una palabra más en ese tono y me peleo contigo. ¿Que cómo? ¿Y yo qué sé? Eres tú quien me lo deberÃa decir a mÃ, tú y los demás, que habéis conseguido que perdiéramos la goleta con vuestras intromisiones. ¡Asà ardáis en el infierno! Pero no, no eres capaz. Tienes menos imaginación que una cucaracha. Aunque, eso sÃ, sabes hablar muy fino, y lo harás, George Merry, tenlo por seguro.
—Eso está bastante bien —dijo el viejo Morgan.
—¡Bastante bien! ¡Y tanto! —exclamó el cocinero del barco—. Vosotros perdisteis el barco, yo encontré el tesoro. ¿Cuál de nosotros vale más? Y ahora, ¡rayos y truenos!, dimito. Podéis elegir a quien os plazca para que sea vuestro capitán; yo ya estoy harto.
—¡Silver! —gritaron—. ¡Viva Barbacoa! ¡Barbacoa capitán!
—Conque esas tenemos, ¿eh? —gritó el cocinero—. George, me parece que tendrás que esperar a la siguiente vuelta, amigo mÃo; y suerte tienes de que no sea rencoroso. La verdad es que nunca fue ese mi estilo. Y ahora, camaradas, ¿qué pasa con la marca negra? Ya no vale para nada, ¿no? Dick ha hecho algo de mal agüero y ha estropeado su Biblia, eso es todo.
—Pero se podrá seguir usando para jurar sobre ella, ¿verdad? —murmuró Dick, evidentemente preocupado por la maldición que habÃa atraÃdo sobre sÃ.