La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —¡Una Biblia con una página arrancada! —replicó Silver en tono burlón—. ¡Desde luego que no! No te obliga más que si juras sobre un cancionero.
—Ah, no, ¿eh? —exclamó Dick con una especie de alegrÃa—. Bueno, supongo que merece la pena guardarla en cualquier caso.
—Toma, Jim, un recuerdo para ti —dijo Silver, y me entregó la nota.
Era un papel redondo, más o menos del tamaño de una corona. Por una de las caras estaba en blanco, pues era la última hoja del libro. En la otra cara aparecÃan un par de versÃculos del Apocalipsis, y las siguientes palabras fueron las que me llamaron poderosamente la atención: «Fuera los perros y los asesinos». El lado impreso habÃa sido ennegrecido con un tizón, y el hollÃn empezaba a desprenderse y a mancharme los dedos. En la cara en blanco habÃan escrito, también con el tizón, la palabra «Destituido». Tengo ahora mismo ante los ojos este recuerdo, pero no queda ni rastro de escritura; solo un garabato, como el que se puede hacer con la uña del pulgar.
Asà acabaron las aventuras de aquella noche. Al rato, tras una ronda de aguardiente, todos nos echamos a dormir, y la venganza de Silver consistió en poner a George Merry de centinela y en amenazarle con matarlo si no cumplÃa fielmente con su deber.