La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Pasó mucho rato hasta que pude conciliar el sueño, y Dios sabe que tenía bastantes cavilaciones entre acordarme del hombre al que había asesinado aquella misma tarde, pensar en mi peligrosísima situación y, sobre todo, reflexionar sobre la asombrosa jugada que Silver se proponía: por un lado, tener a los amotinados en un puño, y, por otro, intentar por todos los medios posibles e imposibles conseguir tregua y salvar su miserable vida. Durmió apaciblemente y roncó bien fuerte; pero, a pesar de su maldad, sentía compasión por él al imaginar los oscuros peligros que lo acechaban y la vergonzosa horca que lo aguardaba.