La Isla del tesoro

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Inmediatamente, entró en la cabaña y, tras hacerme un escueto gesto con la cabeza, se dispuso a examinar a los enfermos. Aparentemente no estaba asustado, aunque de sobra sabría que su vida pendía de un hilo entre aquellos diablos traidores; pero anduvo trajinando con los pacientes como si estuviera haciendo una visita profesional de rutina a una apacible familia inglesa. Supongo que su actitud tuvo algún efecto sobre los hombres, porque lo trataron como si no hubiera ocurrido nada, como si fuera todavía el médico de a bordo, y ellos, los leales marineros del castillo de proa.

—Vas muy bien, amigo mío —le dijo al tipo que llevaba la cabeza vendada—. Y eso que casi te afeitan al cero, ¿eh? Debes de tener la cabeza más dura que una piedra. ¿Qué hay, George, cómo te encuentras? Menudo color tienes; es el hígado, que lo tienes muy revuelto, ¿sabes? ¿Te tomaste la medicina? Muchachos, ¿se tomó la medicina?

—Sí, sí, señor, claro que se la tomó —respondió Morgan.

—Porque, fíjate bien, desde que soy el médico de los amotinados, o el médico de la cárcel, como prefiero llamarme —dijo el doctor Livesey en tono burlón—, llevo a mucha honra que no se me pierda ni un solo hombre para el rey Jorge, que Dios lo bendiga, y la horca.


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