La Isla del tesoro

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Siguió cotorreando en ese mismo tono, de pie, en lo alto de la loma, con la muleta bajo el codo y una mano apoyada en la cabaña…, igual a como era antes en tono de voz, gestos y expresiones.

—Y además tenemos una sorpresita para vos, señor —prosiguió—. Hay aquí un forasterillo, ¡ja, ja! Un nuevo inquilino, señor, vivito y coleando como pez en el agua. Ha dormido como un sobrecargo, acostado a la vera de John; proa contra proa hemos pasado toda la noche.

Para entonces el doctor Livesey había saltado la empalizada y estaba bastante cerca del cocinero. Pude detectar cierto cambio en su voz cuando dijo:

—¿No será Jim?

—El mismo que viste y calza —repuso Silver.

El doctor se detuvo en seco, aunque no dijo ni palabra, y transcurrieron varios segundos antes de que se dispusiera a seguir andando.

—Vaya, vaya —dijo al fin—. Primero es la obligación, y después, la devoción, como dirías tú mismo, Silver. Vamos a ver a tus pacientes.


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