La Isla del tesoro
La Isla del tesoro La salva de protestas, que solo la mirada aviesa de Silver había logrado contener, estalló en cuanto el doctor salió de la casa. Acusaban abiertamente a Silver de jugar con dos barajas, de intentar firmar la paz por su cuenta, sacrificando los intereses de sus cómplices y víctimas; y, en una palabra, aquello era exactamente lo que estaba haciendo. Esta vez me pareció tan evidente que no se me ocurría cómo iba a poder calmar la ira de los otros. Pero valía el doble que ellos; y la victoria de la noche anterior le había dado una gran superioridad. Los llamó idiotas y necios con todas las palabras que podáis imaginar, dijo que era necesario que yo hablara con el doctor, les pasó el mapa por delante de las narices y les preguntó si podían permitirse el lujo de romper la tregua el mismísimo día que podían empezar a buscar el tesoro.
—¡No, por todos los rayos y truenos! —exclamó—. Ya romperemos la tregua cuando llegue el momento oportuno. Y hasta entonces hay que darle carrete al maldito médico, aunque tenga que lustrarle las botas con aguardiente.
Luego les ordenó que encendieran el fuego y echó a andar apoyado en la muleta, con una mano sobre mi hombro, dejándolos desconcertados y callados, más por su locuacidad que por convencimiento.
