La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Despacio, chico, despacio —me dijo—; si nos vieran darnos prisa se nos echarÃan encima en un abrir y cerrar de ojos.
Asà que, pausadamente, echamos a andar por la arena hasta el punto en el que nos aguardaba el doctor, al otro lado de la empalizada; en cuanto llegamos a una distancia desde la que podÃamos hablar, Silver se detuvo.
—Tened esto en cuenta también, doctor —dijo Silver—. El chico ya os contará que le salvé la vida y que, por ello, me destituyeron, creedme. Doctor, cuando un hombre se está ciñendo tanto al viento como yo y se está jugando a cara o cruz el último soplo de vida, como quien dice, tal vez no os parezca demasiado concederle una palabra de aliento, ¿verdad? Os ruego que tengáis en cuenta que ahora está en juego no solo mi vida, sino también la del chico; os pido por caridad que habléis en mi favor, doctor, y que me deis ahora una brizna de esperanza para seguir por este camino.
Silver era otro hombre desde que habÃa salido de allà y daba la espalda a sus compinches y a la cabaña; parecÃa como si se le hubiesen hundido las mejillas y la voz le temblaba; nunca nadie habló más en serio que él.
—Y bien, John, ¿no tienes miedo? —preguntó el doctor Livesey.