La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Doctor, no soy ningún cobarde, eso sà que no, ni esto —y chasqueó los dedos—. Si lo fuera, no lo dirÃa; pero no me queda más remedio que reconocer que pensar en la horca me pone los pelos de punta. Vos sois un hombre honrado a carta cabal. Nunca he visto mejor persona que vos. Y seguro que no olvidaréis las cosas buenas que he hecho, ni tampoco las malas, ya lo sé. Ahora me apartaré a un lado, aquÃ, si os parece, y os dejaré a solas con Jim. Y esto también me lo tendréis en cuenta, que bien lo vale, ¿no os parece?
Diciendo estas palabras, retrocedió un poco hasta situarse en un lugar donde ya no podÃa oÃrnos, se sentó en el tocón de un árbol y se puso a silbar; de vez en cuando se volvÃa para dominar con la vista, ora a mà y al doctor, ora a sus insumisos rufianes, que caminaban de acá para allá por el arenal, entre la hoguera, en la que estaban muy ocupados en volver a prender, y la casa, de la que sacaban carne de cerdo y pan para almorzar.
—Vaya, vaya, Jim, conque aquà estás —dijo el doctor, algo triste—. El que siembra vientos cosecha tempestades, muchacho. Bien sabe Dios que no tengo nada que reprocharte. Pero una cosa sà que te voy a decir, te guste o no te guste: mientras el capitán Smollett estaba bien, no te atreviste a escapar; y cuando fue herido y no podÃa evitarlo…, ¡voto al cielo, fue una cobardÃa por tu parte!