La Isla del tesoro
La Isla del tesoro He de reconocer que al oÃr aquellas palabras me eché a llorar y le dije:
—Doctor, no sigáis reprendiéndome, que bastante me he arrepentido ya; mi vida no vale nada en cualquier caso, y ya estarÃa muerto de no haber sido por la intervención de Silver; y doctor, creedme, no temo morir, e incluso me atreverÃa a decir que me lo merezco, pero lo que me aterra es la tortura. Si se les ocurre torturarme…
—Jim —me interrumpió el doctor, y el tono de su voz habÃa cambiado por completo—, Jim, eso no lo puedo consentir. Salta la empalizada y huyamos a la carrera.
—Doctor, he dado mi palabra de honor —le dije.
—¡Ya lo sé, ya lo sé! —exclamó el doctor—. Pero eso da igual ahora. Asumiré todas las responsabilidades y que recaigan sobre mà toda la culpa y la vergüenza, muchacho. Pero no puedo permitir que te quedes aquÃ. ¡Salta! De un salto estás fuera y echaremos a correr como gamos.