La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —No —repliqué—, sabéis perfectamente que tampoco vos harÃais semejante cosa; ni vos, ni el caballero, ni el capitán; y yo tampoco lo haré. Silver se ha fiado de mÃ; yo le he dado mi palabra, y he de volver. Pero, doctor, no me habéis dejado terminar. Si llegan a torturarme, puede que confiese dónde está el barco; porque me hice con el barco, en parte por suerte y en parte corriendo cierto riesgo, y se encuentra en la bahÃa del Norte, en la playa meridional, casi a nivel de pleamar. A media marea seguramente estará a descubierto y casi en seco.
—¡El barco! —exclamó el doctor.
Rápidamente, le conté mis aventuras y me escuchó en silencio.
—Hay como una especie de sino en todo esto —comentó cuando hube acabado mi relato—. En cada episodio, eres tú el que nos salva la vida. ¿Y acaso piensas que vamos a permitir que pierdas la tuya? Mal pago te darÃamos con ello, hijo mÃo. Descubriste la conspiración; encontraste a Ben Gunn, y esa es la mayor hazaña que has hecho y que harás jamás, aunque vivas hasta los noventa años. Por Júpiter, y a propósito de Ben Gunn, es el mismÃsimo diablo en persona. ¡Silver! —gritó—. ¡Silver! Voy a darte un consejo —continuó cuando el cocinero se acercó—. Yo que tú no me afanarÃa demasiado en buscar ese tesoro.