La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —SÃ, compañeros, es una suerte que tengáis a Barbacoa, que piensa por vosotros con esta cabeza. Desde luego, tienen el barco. Dónde lo tienen, todavÃa no lo sé; pero cuando hayamos dado con el tesoro tendremos que movernos para encontrarlo. Y entonces, compañeros, digo yo que teniendo el barco habremos ganado la partida.
Y asà siguió su perorata, con la boca llena de tocino caliente; de este modo recuperó la esperanza y la confianza de los hombres y creo yo también que, de paso, la suya propia.
—En cuanto al rehén —continuó—, esta ha sido su última conversación, supongo yo, con sus seres queridos. Me ha dado alguna información, y le estoy muy agradecido, pero ahà se acaba la historia. Lo llevaré bien amarrado cuando salgamos en busca del tesoro, pues lo tendremos como oro en paño de momento, por si las cosas no salen a pedir de boca. En cuanto tengamos en nuestras manos el barco y el tesoro y nos hagamos a la mar tan felices y contentos, entonces ya convenceremos al señor Hawkins, ya lo veréis, y le daremos lo que le corresponde, faltarÃa más, por su buen comportamiento.