La Isla del tesoro
La Isla del tesoro En aquel momento uno de los que estaban junto a la hoguera nos gritó que el desayuno estaba preparado y enseguida estábamos sentados en la arena comiendo galleta y carne frita. HabÃan encendido un fuego en el que se podÃa haber asado un buey, y ahora daba tanto calor que solo se podÃan acercar a él de barlovento, y aun asà con precaución. Con el mismo ánimo derrochador, habÃan preparado tres veces más cantidad de comida de la que podÃamos consumir; uno de ellos, con una carcajada bobalicona, tiró las sobras al fuego, cuyas llamas se avivaron y crepitaron con tan insólito combustible. Jamás en la vida he visto a hombres menos preocupados por el dÃa de mañana; vivir al dÃa es la única expresión capaz de describir su forma de actuar; entre el despilfarro de comida y los centinelas que se quedaban dormidos, aunque fueran lo suficientemente atrevidos para lanzar con éxito una escaramuza, me daba cuenta de que no estaban preparados para nada que se pareciera a una campaña prolongada.
Ni siquiera Silver, que devoraba con Capitán Flint sobre el hombro, tuvo una sola palabra de reproche por su imprudencia, lo cual me sorprendió porque, en cambio, me pareció más astuto que nunca cuando dijo: