La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Los otros hombres transportaban diversas cargas: unos, picos y palas, herramientas que habían desembarcado de la Hispaniola; otros, carne de cerdo, pan y aguardiente para el almuerzo. Me di cuenta de que todas aquellas provisiones procedían de nuestras reservas y comprendí lo ciertas que habían sido las palabras de Silver la noche anterior. De no haber llegado a un trato con el doctor, él y sus amotinados, abandonados por el barco, se habrían visto abocados a subsistir a base de agua y de lo que hubieran podido cazar. El agua no habría sido muy de su gusto y, por lo general, los marineros no son buenos cazadores; además de todo eso, estando tan escasos de víveres, no es probable que tuvieran tampoco mucha abundancia de pólvora.
Pues bien, así equipados nos pusimos todos en marcha, incluido el tipo de la cabeza rota, al que seguramente le habría convenido más quedarse a la sombra, y fuimos bajando en fila india hasta la costa, donde nos esperaban los dos botes. Hasta estos tenían la huella de la ebria locura de los piratas: uno, en su bancada rota, y ambos, en el agua sin achicar y en las manchas de barro. Teníamos que llevarnos los dos botes con nosotros para mayor seguridad; así que los efectivos se repartieron entre los botes y proseguimos la expedición por mitad del fondeadero.