La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Camaradas, yo he venido a buscar el botÃn y nadie, ni hombre ni diablo, me lo impedirá. Jamás me dio miedo de Flint cuando estaba vivo y, ¡por todos los demonios!, sabré enfrentarme a él ahora que está muerto. Hay setecientas mil libras a menos de un cuarto de milla de aquÃ; ¿acaso alguna vez un caballero de fortuna ha puesto popa a semejante dineral por culpa de un viejo marinero borracho con la cara amoratada, y encima muerto?
Pero no hubo indicio alguno de que sus secuaces recuperaran el valor; de hecho, más bien estaban cada vez más despavoridos por la irreverencia de sus palabras.
—¡Ya está bien, John! —dijo Merry—. No te metas con los fantasmas.
Los demás estaban demasiado asustados para poder contestar. HabrÃan salido corriendo como conejos de haberse atrevido a ello. Pero el miedo los mantenÃa apiñados y se quedaron junto a John, como si la osadÃa de este pudiera servirles de algo. Él en cambio se habÃa crecido, y dijo:
—¿Fantasmas? Puede ser. Pero una cosa no tengo nada clara: oÃmos el eco. Y nadie ha visto nunca que un fantasma tenga sombra. Asà que me gustarÃa saber cómo puede tener eco. Eso tampoco es natural, digo yo.