La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Darby McGraw —gemĂa la voz, pues a gemidos era a lo que más se parecĂa aquel sonido—. ¡Darby McGraw! ¡Darby McGraw! ¡Darby McGraw! —una y otra vez, y otra más.
Y luego, un poco más fuerte y con una blasfemia que me permito omitir:
—¡Trae a popa el ron, Darby!
Los bucaneros se quedaron como petrificados, con los ojos como platos. Mucho despuĂ©s de que la voz se hubiera desvanecido, todavĂa seguĂan con los ojos desorbitados, mirando aterrados hacia delante, en silencio.
—¡Eso lo explica todo! —jadeó uno—. ¡Vámonos!
—Fueron sus últimas palabras —murmuró Morgan—, sus últimas palabras a bordo.
Dick habĂa sacado la Biblia y rezaba a todo rezar. El pobre de Dick habĂa tenido una buena educaciĂłn antes de que se hiciera a la mar y cayera en tan mala compañĂa.
Pero Silver seguĂa sin ceder. PodĂa oĂr que le castañeteaban los dientes, pero no se rendĂa.
—Nadie en esta isla oyó nunca hablar de Darby —musitó—. Nadie, excepto los aquà presentes.
Luego, hizo un gran esfuerzo y exclamĂł: