La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Siguió delirando un rato más, con la voz cada vez más apagada, poco después de que le diera la medicina, que se tomó como si fuera un niño, comentando: «Si hay un marinero que necesite medicinas, ese soy yo», cayó por fin en un pesado sueño, como si hubiera perdido el conocimiento, y asà lo dejé. No sé lo que habrÃa hecho si las cosas hubiesen salido bien. Lo más seguro es que le hubiera contado todo al doctor; pues tenÃa un miedo cerval a que el capitán se arrepintiera de sus confesiones y acabara conmigo. Pero el caso es que mi pobre padre murió bastante de repente aquella misma noche, y todo lo demás pasó a segundo plano. Nuestro comprensible dolor, las visitas de los vecinos, los preparativos del funeral y todo el trabajo de la posada que habÃa que seguir haciendo entre una cosa y otra me tuvieron tan ocupado que apenas tuve tiempo de acordarme del capitán, y mucho menos del miedo que le tenÃa.