La Isla del tesoro
La Isla del tesoro A la mañana siguiente recuerdo perfectamente que bajó a la sala como de costumbre, aunque comió poco; pero supongo que se pasaría con la ración de ron, pues se sirvió él mismo en el bar, frunciendo el entrecejo y resoplando por la nariz, y nadie se atrevió a cruzarse en su camino. La noche antes del funeral estaba más borracho que nunca y, en aquel hogar de luto, resultaba escandaloso oírle cantar a voz en cuello su espantosa balada marinera de siempre. Pero aunque estaba débil, todos le teníamos un miedo mortal; el doctor tuvo que ausentarse inesperadamente para atender a un paciente a muchas millas de distancia y no vino por casa después de la muerte de mi padre. Acabo de decir que el capitán estaba débil y la verdad es que parecía que, en vez de reponerse, cada vez lo estaba más. Subía y bajaba las escaleras con gran dificultad e iba de la sala al bar y vuelta a la sala, y a veces asomaba la nariz fuera de casa para oler el mar, apoyándose en las paredes para no caerse y respirando pesada y entrecortadamente, como cuando se sube una empinada cuesta. Nunca se dirigió a mí en particular, y estoy convencido de que se había olvidado de las confidencias que me había hecho. Pero estaba más susceptible y más violento que nunca, a pesar de su debilidad física. Cogió la peligrosa costumbre, cuando estaba borracho, de desenvainar el machete y dejarlo desnudo encima de la mesa. Pero a pesar de todo ello se preocupaba menos de la gente y daba la impresión de que estaba sumido en sus propias cavilaciones y bastante ido. Una vez, por ejemplo, nos quedamos pasmados al oír que entonaba una melodía diferente, una especie de canción de amor campesina, que debió de aprender en su juventud antes de hacerse a la mar.