La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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CAPÍTULO XXXIV

Al día siguiente nos pusimos manos a la obra de buena mañana, pues el transporte de aquella gran cantidad de oro a lo largo de casi una milla por tierra hasta la playa y, desde allí, tres millas en barco hasta la Hispaniola, era una tarea ingente para tan reducidos efectivos. Los tres tipos que aún andaban por la isla no nos causaron mayores problemas; solo un centinela en las estribaciones del cerro era suficiente para protegernos de cualquier ataque inesperado y, además, supusimos que estarían más que hartos de pelear.

Por lo tanto, hicimos el trabajo a buen ritmo. Gray y Ben Gunn iban y venían con el bote mientras los demás, en su ausencia, apilaban el tesoro en la playa. Dos de los lingotes, atados a sendos extremos de una soga, eran una carga más que suficiente para un hombre adulto, obligándolo a caminar a paso lento. En cuanto a mí, como no era capaz de cargar con tanto peso, me quedé trajinando todo el día en la cueva, metiendo el oro acuñado en talegos de pan.


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