La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Al cabo, creo que fue la tercera noche, el doctor y yo Ãbamos paseando por la estribación del cerro que da a la costa arenosa de la isla cuando, de la espesa oscuridad que tenÃamos a los pies, el viento nos trajo un ruido, mezcla de quejido y canción. Solo lo oÃmos un instante y luego volvió a reinar el silencio anterior.
—Que Dios los perdone —dijo el doctor—; son los amotinados.
—Borrachos como cubas, señor —dijo la voz de Silver a nuestras espaldas.
He de decir aquà que Silver gozaba de plena libertad y que, a pesar de los continuos desaires que le hacÃan, daba la impresión de que se consideraba un miembro más del grupo, privilegiado y cordial. Y de veras que resultaba sorprendente ver cómo soportaba aquellos desprecios y con qué incansable cortesÃa seguÃa intentando congraciarse con los demás. Sin embargo, creo recordar que nadie lo trataba mejor que a un perro, exceptuando tal vez a Ben Gunn, que todavÃa tenÃa mucho miedo a su antiguo contramaestre, o tal vez a mà mismo, que realmente tenÃa algo que agradecerle; aunque, en cuanto a eso, supongo que tenÃa suficientes razones para despreciarle más que cualquier otro, puesto que habÃa sido testigo de su reciente traición, allá en la meseta. Por todos aquellos motivos, el doctor le respondió en muy mal tono:
—Borrachos o delirando.