La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Tenéis razón, señor —repuso Silver—, y maldito lo que nos importa a vos y a mÃ.
—Supongo que no pretenderás que te considere como a un ser humano —replicó el doctor con un gesto de desagrado—. De modo que tal vez mis sentimientos te sorprendan, maese Silver. Pero si supiera con certeza que están delirando, como estoy moralmente seguro de que al menos alguno de ellos sufre de fiebres, saldrÃa de aquà y, aun poniendo a riesgo mis viejos huesos, los ayudarÃa con mis conocimientos.
—Me perdonaréis que os diga, señor, que harÃais muy mal —dijo Silver—, porque perderÃais vuestra valiosa vida, podéis estar bien seguro de ello. Yo estoy totalmente de vuestra parte ahora, y no me gustarÃa ver nuestro equipo mermado, y menos perderos, sabiendo como sé lo que os debo. Pero esos de ahà abajo no son capaces de cumplir su palabra…, no, ni siquiera suponiendo que se lo propusieran; y, lo que es más, no se fiarÃan de la vuestra.
—No —dijo el doctor—, ya sabemos que tú sà que cumples tu palabra.