La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Estaba anocheciendo cuando largamos el ancla en una hermosísima ensenada natural, e inmediatamente nos rodearon botes llenos de negros y de indios mexicanos y de mestizos que vendían frutas y verduras y se prestaban a sumergirse en el agua para ir a recoger las monedas que les arrojábamos. El ver tantos rostros sonrientes (especialmente los de los negros), el sabor de las frutas tropicales y el panorama de las luces que empezaban a brillar en la ciudad eran un contraste delicioso con nuestra siniestra y sangrienta estancia en la isla; el doctor y el caballero me llevaron con ellos a pasar parte de la noche en tierra firme. Allí se encontraron con el capitán de un buque de guerra inglés, se pusieron a charlar con él, subimos a su barco y, en resumen, lo pasamos tan bien que empezaba a amanecer cuando llegamos a la Hispaniola.