La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Ben Gunn estaba solo en cubierta y, en cuanto subimos a bordo, empezó con muchos circunloquios a hacernos una confesión. Silver se había largado. El marinero abandonado había hecho la vista gorda mientras el otro huía en un bote, pocas horas antes, y ahora nos aseguraba que lo había hecho por salvarnos la vida, que sin duda estaba en peligro mientras «el hombre con una sola pierna permaneciera a bordo». Pero eso no era todo. El cocinero no se había ido con las manos vacías. Había abierto un boquete en un mamparo sin que nadie lo viera y se había llevado uno de los sacos de monedas, por valor de trescientas o cuatrocientas guineas, para costearse sus siguientes aventuras.
Creo que todos nos sentimos muy aliviados al vernos libres de él a tan bajo coste.
En resumen, que contratamos a algunos marineros más, tuvimos una buena travesía de vuelta y la Hispaniola llegó al puerto de Bristol justo cuando el señor Blandly estaba a punto de fletar el barco de rescate. Solo cinco de los hombres que habían zarpado regresaban en la goleta. En cuanto al resto, «Belcebú y la bebida acabaron con su vida» inexorablemente; aunque hay que reconocer que no nos había ido tan mal como al barco de la canción aquella:
Setenta y cinco marineros se hicieron a la mar…
Solo uno de ellos vivo habría de tornar.