La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Que yo sepa, los lingotes de plata y las armas siguen enterrados donde Flint los dejó. Y, por lo que a mí respecta, allí seguirán. Ni atado a un carro de bueyes volvería yo a aquella maldita isla; en las peores pesadillas que padezco siempre oigo el oleaje batiendo contra sus costas o me despierto sobresaltado con el agudo grito de Capitán Flint perforándome el tímpano: «¡Doblones de a ocho! ¡Doblones de a ocho!».
FIN
