La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Como es de suponer, me apresuré a contarle a mi madre todo lo que sabÃa, cosa que tal vez deberÃa haber hecho antes, y comprendimos que nos hallábamos en una situación difÃcil y peligrosa. Parte del dinero de aquel hombre —si es que tenÃa alguno— nos lo debÃa; pero no iba a ser fácil que los camaradas de nuestro capitán, y sobre todo los dos ejemplares que yo habÃa conocido, Perro Negro y el mendigo ciego, estuvieran dispuestos a renunciar a su botÃn para saldar las deudas del muerto. La orden que me habÃa dado el capitán de que fuera inmediatamente a caballo en busca del doctor Livesey suponÃa dejar a mi madre sola e indefensa, cosa que enseguida descarté. La verdad es que parecÃa imposible que ninguno de los dos pudiéramos seguir quedándonos en la casa: el crujir de un trozo de carbón en la parrilla de la cocina, el mismÃsimo tictac del reloj, nos aterrorizaban. A nuestros oÃdos, los alrededores parecÃan plagados de pasos que se acercaban; entre eso y el cadáver del capitán tendido en el suelo de la sala, y la idea de que el aborrecible mendigo ciego pudiera andar merodeando por los alrededores, dispuesto a regresar, habÃa momentos en los que, como se suele decir, no me llegaba la camisa al cuerpo. HabÃa que tomar una decisión, y cuanto antes mejor; al fin se nos ocurrió ir juntos a pedir ayuda a la aldea cercana. Dicho y hecho. Y asà como estábamos, sin echarnos nada por encima aunque empezaba a anochecer, salimos a todo correr, en medio de la heladora niebla.