La Isla del tesoro
La Isla del tesoro La aldea estaba a pocos cientos de yardas de distancia, aunque no se veía porque quedaba del otro lado de la ensenada; y lo que más ánimos me dio es que estaba en dirección opuesta al lugar por el que había aparecido el mendigo ciego y por el que era de suponer que se hubiera marchado. El trayecto no duró demasiado, a pesar de que, de trecho en trecho, nos deteníamos y nos quedábamos escuchando, agarrados el uno al otro. Pero no se oía nada extraño; solo el lejano chapoteo de las olas y los graznidos de los cuervos en el bosque.