La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Ya se habían prendido las luces cuando llegamos a la aldea, y nunca olvidaré cuánto me reconfortó ver su amarillo resplandor en puertas y ventanas; pero eso fue toda la ayuda que íbamos a sacar por aquel lado. Porque, aunque os parezca que a los hombres se les debería haber caído la cara de vergüenza, ni un alma accedió a regresar con nosotros al Almirante Benbow. Cuanto más les contábamos nuestros problemas, más se aferraban todos ellos, hombres, mujeres y niños, a la seguridad de sus hogares. El nombre del capitán Flint, aunque desconocido para mí, era bastante famoso para gran parte de ellos, que temblaban con solo oírlo pronunciar. Algunos, que trabajaban en los campos al otro lado del Almirante Benbow, recordaban además haber visto a varios forasteros en el camino y, pensando que serían contrabandistas, habían salido huyendo. Y uno de ellos había visto un pequeño lugre en el lugar que llamamos el agujero del Gato. De hecho, solo toparse con algún camarada del dichoso capitán ya les provocaba un miedo cerval. Resumiendo: que aunque conseguimos que varios de ellos se ofrecieran a salir a caballo en busca del doctor Livesey, que se hallaba en dirección contraria, nadie quiso ofrecerse a defender la posada.