La Isla del tesoro

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Dicen que la cobardía es contagiosa, pero por otra parte las discusiones hacen que la gente se envalentone; y cuando cada cual hubo dicho lo que tenía que decir, mi madre tomó la palabra. Declaró que no estaba dispuesta a perder un dinero que pertenecía a su hijo, que acababa de quedarse huérfano de padre.

—Si ninguno de vosotros se atreve —les dijo—, Jim y yo sí que nos atrevemos. Volveremos por donde hemos venido, y muchas gracias a todos, que, con todo lo grandullones que sois, no sois más que unos gallinas. Abriremos el baúl, aunque tengamos que morir en el empeño. Y gracias por la bolsa, señora Crossley, en la que podremos guardar el dinero que nos pertenece legalmente.

Por supuesto, yo añadí que iría con mi madre; y, por supuesto, todos nos reprocharon a voces nuestra insensatez; pero ni un solo hombre se ofreció a acompañarnos. Todo lo que hicieron fue darme una pistola cargada, por si nos atacaban; y prometernos que tendrían caballos ensillados por si nos perseguían a la vuelta; mientras tanto, un muchacho iría a caballo en busca del doctor para que reclutase a gente armada.



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